Bardulies qui nunc uocitatur castella

Cántabros y autrigones

El territorio que a partir del siglo IX empezó a ser conocido como Castilla había sido durante bastantes siglos un punto de encuentro de pueblos diversos. Los cántabros ocuparon las zonas montañosas de las estribaciones de la Cordillera Cantábrica en la parte noroccidental, mientras que los estrechos valles del alto Ebro y la depresión del sinclinal de Villarcayo-Tobalina constituían probablemente el hábitat de los autrigones.

El sistema antiguo, prerromano, de poblamiento en esta zona montañosa se articuló en torno a los castros que ocupaban pequeños cerros estratégicamente situados y de los que se conservan aún abundantes testimonios.  Estos castros se sitúan en pequeñas alturas, dominando los valles en lugares clave de las comunicaciones, cerca de desfiladeros y de los cursos fluviales.

Aunque parece que en época prerromana ya existieron algunos asentamientos en llano, en el fondo de los valles, y dispersos, siguiendo pequeñas vías de trashumancia, fue la acción civilizatoria de Roma, con el impulso a la roturación de tierras y el abandono de los sistemas ganaderos tradicionales, la responsable de la pérdida de importancia de los asentamientos en castros y el aumento de asentamientos en llano y de las villae. Estas villas y asentamientos diversos, a veces ocupando pequeñas cuevas y abrigos naturales, serían con el tiempo el origen del entramado de pequeñas aldeas, muchas de las cuales sobreviven en la actualidad.

Un territorio fronterizo

Durante los siglos que duró la presencia romana en la Península Ibérica, la Cordillera Cantábrica fue una auténtica frontera tras la que astures y cántabros mantuvieron sus modos de vida tradicionales. El Ebro fue, además de una vía de comunicación fundamental a través de valles y desfiladeros, un espacio de contacto y de establecimiento de construcciones defensivas, en algunos casos aprovechando antiguos asentamientos castrales, como parece haber sido el caso de Tedeja.

La probable existencia de un limes o frontera del reino visigodo en las laderas meridionales de la Cordillera Cantábrica ha hecho pensar a muchos historiadores en la existencia de diversas torres y fortalezas como baluartes fronterizos para el control de los pueblos cántabros que con el tiempo darían lugar a una compleja red de “castillos” de los que derivaría el nombre de Castilla.

En el año 574, Leovigildo emprendió una importante campaña militar contra el territorio de los cántabros que culminó con la toma de su principal centro, Amaya:

“His diebus Liuvigildus rex Cantabriam ingressum provinciae pervassores interficit, Amaiam occupat, opes eorum pervadit et provinciam in suam revocat dicionem”. (Biclarense, 109-111, 2).

El área Tedeja-Mijangos, cercana al defiladero de la Horadada, en la Sierra de la Tesla y dominando el paso del Ebro y los llanos de Tobalina y Cuestaurría, fue probablemente uno de los principales centros de dominio visigodo en la región y un hito fundamental para el control de la misma y el dominio territorial que culminaría con la creación del ducado de Cantabria a finales del siglo VII bajo el reinado de Ervigio.

Tras la desaparición de las estructuras de poder y de la administración territorial del reino de Toledo, la comarca del alto Ebro quedó como una región periférica alejada de los nuevos centros de poder político. La escasa población, las dificultades para las comunicaciones y lo agreste del territorio mantuvieron a estas tierras relativamente alejadas de los intereses del nuevo reino asturiano y de las aceifas musulmanas que se ocuparon de zonas más fértiles y productivas en torno al Ebro. Al ser una región marginal mantuvo durante mucho tiempo los antiguos modelos de poblamiento articulados en torno a los viejos castros y fue el lugar idóneo para el desarrollo de nuevos modelos también marginales. Nuevos sistemas de poblamiento que tuvieron su origen en cuevas y abrigos naturales en muchos casos utilizados por eremitas y por pequeñas comunidades monásticas, en algunos casos de mozárabes, gentes que huían de las persecuciones religiosas del emirato cordobés.

De Bardulias a Castilla

Los primeros monarcas astures extendieron su dominio por un extenso territorio situado en ambas vertientes de la Cordillera Cantábrica y trataron de controlar esta región en la que desde mediados del siglo IX nombraron condes que se encargaran de administrarla.

El nombre de Castilla surge durante el siglo IX a partir del nombre latino “castella”, plural de “castellum”, que tuvo a lo largo del tiempo diversos significados. Un “castellum” era una fortaleza, pero también servía para designar una “madriguera”, así como una “aldea o población de montaña”. Durante el Bajo Imperio fue este último significado el más habitual, por lo que “castella” podría significar “aldeas de montaña”. Aunque la historiografía tradicional ha venido insistiendo en la identificación del topónimo “Castella” con “Tierra de castillos”, es bastante dudoso que éste sea su origen. Lo más probable, tal como defienden autores como el profesor Juan José García González, es que la voz “Castella” se aplicase a este territorio por el tipo de poblamiento predominante en él en pequeñas aldeas de montaña a las que se conocía como “castella”.

Es en la Crónica de Alfonso III, tanto en la versión llamada “Rotense” como en la “Ad Sebastianum” en las que aparece el nombre de Castilla como una nueva denominación de un territorio anteriormente conocido como Bardulias. Este nombre ha suscitado desde hace mucho tiempo un interesante debate historiográfico tratando de explicar su origen, ya que el territorio ocupado por los pueblos prerromanos conocidos como “bárdulos” se situaba en los tratados antiguos de Estrabón y Ptolomeo al nordeste del territorio al que parecen referirse las crónicas como “las Bardulias”. Una de las teorías es que el desplazamiento hacia el sudoeste de los vascones que ocupaban los Pirineos en los últimos tiempos del dominio romano empujó a los bárdulos hacia los valles del alto Ebro.

Tanto los Anales Compostelanos como la Crónica de Alfonso III mencionan un territorio llamado Bardulias. Los Anales Compostelanos se refieren a la muerte de Albutaman en el año 806: “Venit Albutaman in Alabam mense tertio, qui et occisus fuit era DCCCXLIIII in Pisuerga, quando venit in Bardulias“. Por su parte, la Crónica de Alfonso III utiliza esta denominación de Uarduliensem prouintiam para designar el territorio al que había acudido el rey Ramiro I el año 843 en busca de esposa.

En el caso de la Crónica de Alfonso III además queda constancia de que Bardulias es el nombre anterior del territorio que en la época en que fue redactada (finales del siglo IX) ya se llamaba Castilla: “Bardulies qui nunc uocitatur castella“. De esta forma se refiere la crónica a este territorio cuando relata las repoblaciones con gentes procedentes de la meseta llevadas a cabo durante el reinado de Alfonso I, a mediados del siglo VIII.

Bardulies qui nunc uocitatur castella:

Crónica de Alfonso III (ca. 884), versión rotense

Códice de Roda, RAH, cod. 78, fol. 181v.

Los historiadores en lengua árabe se refieren a una región denominada Alava wa-l-Qila como el objetivo de las expediciones musulmanas de finales del siglo VIII y comienzos del IX. Algunos historiadores han datado la primera aparición del nombre de Castilla en el año 800, en el diploma de fundación de la iglesia de los Santos Emeterio y Celedonio en el lugar de Taranco y la de la iglesia de San Martín “in civitate de Area Patriniani, in territorio Castelle”. Sin embargo los recientes estudios historiográficos consideran este documento como una más de las falsificaciones redactadas a mediados del siglo XII en el monasterio de San Millán de la Cogolla.

Por tanto, el primer diploma en el que aparece el nombre de Castilla es el datado el 18 de enero del año 836 en el que consta la dotación por el presbítero Cardiel de la iglesia de San Andrés de Asía (San Andrés de Aja), muy cerca del puerto de La Sía, en el valle de Soba, con dos villas, Cardiel y Villella sitas en Castilla: “et in Castella quod nominatur Uilla Kardelli, de nominis mei…”

Portada renacentista de la iglesia de San Juan Bautista de Bisjueces

Los legendarios jueces de Castilla, Nuño Rasura y Laín Calvo, flanquean la portada de acceso al templo