Aun Castiella Vieja,
al mi entendimiento,
mejor es que lo al,
porque fue el çimiento,
ca conquirieron mucho
maguer poco convento

Poema de Fernán González
"… sabemos que este paisaje se hizo humano y que esta tierra
se hizo fértil a costa de sudor y sangre,
que fue el sufrimiento de los que aquí vivieron
lo que hizo nacer el trigo y su esfuerzo quien abrió el camino,
que con sudor levantaron esta casa y luego padecieron penas
y lloraron bajo su techo.
Que esta tierra es fértil gracias a la sangre
y a las lágrimas derramadas sobre ella,
porque sólo es fértil la tierra sobre la que se ha sufrido."

Paloma Díaz-Mas, La tierra fértil, 1999.

Cobijándose en la vertiente sur de las estribaciones más orientales de la Cordillera Cantábrica, y  mirando hacia los extensos páramos de la meseta, estas tierras ásperas, de complicados relieves excavados por el Ebro que alternan con las fértiles llanuras aluviales regadas por los ríos Nela y Trueba, albergaron en tiempos no muy lejanos, en las alturas más próximas al Ebro, numerosos castillos que les dieron su nombre: Castilla. Tierras de castillos.

El río Ebro, el Hiberus flumen de los romanos, es un niño todavía cuando recorre este territorio. Y como la infancia es el tiempo de las travesuras, el Ebro, por estas tierras, juega a dar vueltas en grandes meandros y a excavar profundos y recortados cañones. El resultado de estos juegos de las aguas del joven Ebro es un paisaje alucinante en el que estrechos y verdes valles alternan con vertiginosas hoces, con amplias llanuras cerealísticas y con complicados relieves de pendientes laderas.

Es un territorio que muchas veces ha dado la espalda al mar, pero que está muy cerca de él y muy vinculado con él. Gentes procedentes de la costa atravesaron los puertos de montaña para poblar las tierras de la vertiente sur en diversas épocas. Y gentes del sur cruzaron las montañas buscando nuevos pastos para sus ganados, tierras de labor para sus cultivos y una salida hacia las lejanas tierras intuidas más allá de las furiosas aguas del mar Cantábrico.

Cántabros y autrigones poblaban estos lugares cuando llegaron otras gentes, quizá emparentadas con ellos. Probablemente empujados por los vascones del Pirineo, los bárdulos que ocupaban una zona próxima a la costa del Golfo de Vizcaya fueron quienes llegaron a estas tierras que durante algún tiempo fueron conocidas como las Bardulias.

Más tarde, como parte del afán repoblador del reino astur-leonés, serían los llamados “foramontanos”, gentes también procedentes de la estrecha franja montañosa bañada por el mar Cantábrico, gentes de “fora montes”, quienes se asentaron en estos valles con sus ganados siendo el germen de las pequeñas aldeas que nacieron en torno a humildes templos y que aún hoy perduran salpicando con sus rojos tejados el paisaje de esta vieja Castilla.

Durante los primeros siglos bajomedievales Castilla, que primero fue un importante condado y después un poderoso reino, se expandió hacia el sur y hacia el norte. Un amplio territorio en torno a lo que fue la primitiva Castilla dio lugar a una de las más importantes merindades del reino, la Merindad de Castilla Vieja.

Cuando Castilla era ya un gran reino que se extendía por varios continentes, algunos de los pobladores de este pequeño pedazo de la vieja Castilla ascendieron a los altos puertos en los que se encuentran las fuentes de los ríos Nela y Trueba en busca de nuevos pastos para sus ganados y poblaron las verdes laderas situadas al norte, en la Vega de Pas. De esta manera algunos de los pobladores del sur volvieron al norte extendiendo en ambas vertientes de la Cordillera Cantábrica un peculiar modo de vida, el modo de vida pasiego.

Ya en tiempos más recientes, las gentes de esta vieja Castilla volvieron de nuevo su cara hacia el mar Cantábrico para emigrar a las prósperas ciudades industriales en las que se les prometió “el oro y el moro” y que en muchos casos no les aportó tanto oro como imaginaban y sí mucho desarraigo y mucho dolor.

Estrechos valles y profundos cañones, excavados por el Ebro en las calizas de las montañas que constituyen las estribaciones orientales de la Cordillera Cantábrica, conforman un paisaje singular en un territorio marginal. Un territorio en el que históricamente la población ha sido escasa y en el que pequeñas aldeas salpican su compleja orografía.

Un territorio que, sin embargo, a pesar de ser marginal, alejado de los centros de poder, con escasos recursos y un clima difícil, fue el origen de un pequeño condado medieval, que pronto se convirtió en un reino, y que en muy poco tiempo fue el más importante de la península extendiendo por todo el mundo el nombre de Castilla y la lengua castellana que en él nació.